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Los espacios vacíos de la ciudad participativa

Dos niñas de faldas cortas y trenzas juegan en un círculo de arena con un balancín de madera de líneas rectas. Hace un mes, el espacio de esos juegos y los otros juegos de alrededor estaba ocupado por una gran montaña de escombros de un edificio bombardeado. Estamos en un Amsterdam posbélico de 1947. Desde ese año hasta fines de la década de 1970 –como parte de un programa municipal– Aldo Van Eyck imaginará y construirá más de setecientos parques en medianeras en sombra, esquinas de suburbios, solares ruinosos y patios de todo tipo. Espacios que eran localizados por los propios habitantes de cada uno de los barrios.

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Los tomates brillan al sol y ya maduros se dejan arrancar fácilmente por una señora mayor de sombrero blanco. El huerto se extiende en buena parte del solar. A un costado, un grupo de personas de todas las edades conversan sobre unos bancos construidos con restos de derribo. Es Manhattan, un día de verano de 1973. La crisis del petróleo golpea Nueva York. La conflictividad social sigue en constante aumento en ciertas áreas donde decae la actividad inmobiliaria. Desde ese año hasta hoy, los Guerrilla Gardens ocupan por cientos solares vacíos de la ciudad.

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Un domo blanco cubre una grada de madera donde, a la sombra, unas personas escuchan una charla sobre biocombustibles. Fuera, algunas personas cocinan en una parrilla mientras conversan. Niños que corren. Alguien remueve la tierra para empezar a sembrar en una esquina del solar, hasta hace poco vacío y amurallado. Estamos en Barcelona un día de 2015. El lugar no es gestionado y equipado por las autoridades locales como en el caso de los parques de Van Eyck, ni ha sido ocupado y luego legalizado ante la presión de la comunidad como muchos de los huertos neoyorkinos; en cambio, es el resultado de un programa público del Ayuntamiento que cede temporalmente estos espacios a organizaciones del barrio. Este programa del Departamento de Participación del Área Urbana del Ayuntamiento de Barcelona, conocido como Pla Buits,[1] selecciona solares urbanos en desuso y, mediante un concurso público, los ofrece temporalmente para la gestión ciudadana.

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The playground at Laurierstraat, Amsterdam in the 1960s, one of the 700 that Aldo van Eyck designed for the city. (Photo: © Ed Suister, courtesy Amsterdam City Archives)

Estas tres imágenes sirven para hilvanar un relato: una historia de solares, políticas urbanas y gestión comunitaria.

Tras la II Guerra Mundial, el pacto social que supuso el Estado de bienestar implicaba que las instituciones públicas se harían cargo de mitigar las desigualdades mediante una cierta planificación y redistribución. Esto podía suponer la construcción de parques públicos como los de Van Eyck o la edificación de vivienda social que alimentó el movimiento moderno. Durante esos años dorados de la planificación urbanística y las utopías urbanas, este movimiento apostará por responder a las necesidades humanas mediante una arquitectura social financiada con fondos públicos. Es importante recordar que el pacto keynesiano buscaba frenar la extensión del comunismo, que también había hecho sus propios experimentos en arquitectura política.[2]

En las ciudades capitalistas, por encima o más bien en los costados del desarrollo urbanístico de carácter especulativo, los espacios donde habitar en común tendrán que ser peleados por las comunidades como en el caso de las ocupaciones vecinales de los Guerrilla Gardens neoyorkinos. Durante la década de 1970, la crisis del petróleo paraliza el mercado inmobiliario y deja un sinnúmero de solares vacíos y de vidas rotas por el desempleo y la pobreza. Esa misma crisis supone el punto de ruptura del pacto de posguerra y marca la decadencia progresiva del Estado de bienestar como forma de gobierno y de la conflictividad social en los países desarrollados. Narrativa que será sustituida por otra que justifica la reducción al mínimo de la intervención estatal propugnada por el orden neoliberal. A partir de esa década, la arquitectura no volverá a expresar valores públicos sino únicamente los del sector privado.[3]

Volvamos al presente, a una Barcelona pionera en políticas de branding metropolitano –su marca, su Fórum de las Culturas 2004–. En estos momentos, una nueva crisis en Europa está en la base de una creciente movilización social sobre todo en el sur, donde es improbable que un nuevo keynesianismo pueda confrontar las catástrofes provocadas por el capitalismo financiarizado, sus burbujas especulativas y sus paraísos fiscales que imposibilitan el reparto. Entonces, ¿qué nuevos relatos harán falta para apuntalar el próximo modelo que surgirá de esta frontera que sin duda atravesamos hoy?

Respecto al gobierno de la ciudad, el gran relato es el de la smart city, cuya apuesta por el impulso público de una ciudad tecnologizada –aunque articulada de la mano con el sector privado– encaja mal con una política de reducción del gasto público. Sin duda hoy –menos visibles pero no menos importantes para entender el futuro de la vida urbana– nuevos mecanismos de gestión de lo público están emergiendo.

Un capitalismo “social”

La propuesta del Pla Buits centrada en la gestión comunitaria de espacios en desuso recoge una demanda histórica del movimiento vecinal de la ciudad que encaja bien con las políticas de recortes del gasto público y con la ralentización del sector inmobiliario. Ante la incapacidad del Estado de activar productivamente espacios de la ciudad que han perdido valor momentáneamente y de proveer necesidades básicas de los ciudadanos –aquellos derechos sociales conquistados mediante luchas que duraron más de un siglo y hoy en peligro–, este experimento institucional trata de ensayar un nuevo modelo de gestión. Uno donde el tejido social, siempre activo para proteger la vida, se pueda redirigir a solucionar lo que se contempla como un problema pasajero de la gestión pública, apenas un paréntesis, de ahí la duración temporal de las concesiones. Es lo que la responsable del programa en el Ayuntamiento, Laia Torras, denomina la “gestión del mientras tanto”.

Podemos decir que estos nuevos discursos apelan a formas mixtas entre la subjetividad artista de las clases creativas posfordistas y cierta conciencia social activada como nicho de mercado de necesidades sociales insatisfechas.[4]

Para decirlo un poco más claro: autogestión siempre ha habido en la sociedad moderna, desde las cooperativas obreras y sus redes de apoyo mutuo hasta las ocupaciones, ya sean de edificios o tierras urbanas o rurales. Pero es ahora cuando se conduce institucionalmente a estas prácticas para convertirlas en un espacio económico y productivo más. A ese tipo de mecanismo parece responder una política como el Pla Buits, donde arquitectos sin trabajo por culpa de la crisis –y clases medias o ex clases medias cualificadas– se vinculan a vecinos necesitados de espacios de vida comunitaria pero también de ocio y consumo baratos. Lo que podría ser una alianza interclase para reconquistar lo público, por lo pronto se comporta como una mutua instrumentalización.

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Taller Verical, Pla BUITS, 2013. Foto: Re-Cooperar

 

Gestión social e innovación social

No es gratuito que a este tipo de experiencias comunitarias se las empiece a denominar “experiencias de innovación social”, retórica fomentada desde los think tanks más novedosos, verdadera bisagra de la smart city que conecta la creatividad social con lo privado capaz de extraer su plusvalía.

Como ejemplo, la experiencia del Barcelona Open Challenge, un concurso del Ayuntamiento de Barcelona de 2014. Una llamada a “emprendedores” destinada a “transformar el espacio público y los servicios de la ciudad” que ponía en el centro los conceptos de innovación social y de emprendeduría como motores productivos. El mensaje subyacente en este tipo de programas es que las respuestas a las demandas sociales tienen que pasar por partenariados público-privados que puedan sostenerse sobre la creatividad social y las redes comunitarias que habitan un territorio urbano desvalorizado.

En estos discursos no se hablará más de derechos sociales, sino de retos que pequeñas iniciativas privadas pueden solucionar, una de las claves de por qué hoy interesa tanto promover la ‘innovación social’ a escala europea.[5]

Frente a la crisis de legitimidad del Estado, ¿quién mejor que el propio ciudadano para diseñar servicios públicos? Frente a la crisis económica y la falta de liquidez pública, ¿qué servicio público a menor coste que el realizado por las propias organizaciones sociales? Frente al desempleo generalizado, ¿acaso la emprendeduría no es una posible solución?

No hablar más de derechos colectivos, sino de retos laborales individuales. No más redistribución social, sino contribuciones personales de los emprendedores. La desposesión de derechos sociales crea un espacio desatendido que abre camino a un mercado más “social”: los derechos como nicho de mercado. Una estrategia promovida por las instituciones europeas que tiene como objetivo cambiar el aparentemente inviable Estado de bienestar por una “sociedad participativa”[6] más adaptada a los nuevos tiempos: la representada en programas como el Pla Buits o Barcelona Open Challenge.

Los ciclos de crisis conllevan profundos cambios institucionales. Si bien los ciclos pasados nos pueden ayudar a entender el presente, no hay nada automáticamente dado en esos procesos de regeneración. La calidad de las formas institucionales de cada época no la produce ningún think tank, sino que se construye socialmente. La autogestión ciudadana de solares o la autotutela de derechos prefiguran una nueva institucionalidad. Una nueva institucionalidad que tanto apunta al diseño ortopédico de mentalidades free-rider como a un escenario de revolución democrática. No está escrito que sea una u otra cosa, ni parece depender del número de concesiones públicas que están por venir. Las toneladas de recursos comunitarios invertidos en solares autogestionados y la solidaridad que forjan los movimientos urbanos no son un capital fijo para emprendedores sociales sino la maquinaria que quizás nos lleve a asaltar los cielos.

 

Nuria Alabao y Ruben Martínez, publicado en Quaderns d’Arquitectura i Urbanisme.

 

—Nuria Alabao, periodista y antropóloga. Miembro de La Hidra Cooperativa que forma parte de la red de cooperativas, centros sociales y grupos de investigación autónomos: Fundación de los Comunes.
—Rubén Martínez, Especializado en la relación entre prácticas de innovación social, políticas públicas y nuevas economías comunitarias. Autor de los libros Cultura Libre (Icaria, 2012) y Jóvenes, Internet y política (CRS, 2013), entre otros.
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[1] Buits Urbans amb Implicació Social i Territorial (Huecos Urbanos con Implicación Social y Territorial). Más información en la web del programa: http://bcn.cat/habitaturba/plabuits
[2] Si Le Corbusier expresa perfectamente ese keynesianismo en sus “máquinas de habitar”, el ruso Ginzburg en el que se inspira no sólo es un arquitecto comprometido con la Revolución Soviética, sino que su Narkomfin pretende contribuir a fomentar una forma de vida más comunitaria incluyendo espacios de vida colectiva en la vivienda. Dos polos de la geopolítica arquitectónica conectados por el hilo de la intervención estatal.
[3] Koolhas, Rem (2014) My thoughts on the smart city. Digital Agenda for Europe.
[4] Para un análisis de la centralidad de ciertos perfiles socioeconómicos en el liderazgo de estos procesos ver “la innovación social es de clase media” http://www.nativa.cat/2014/10/la-innovacion-social-es-de-clase-media/
[5] En busca de un análisis más profundo de estas hipótesis, Rubén Martínez (coautor de este texto) trabaja actualmente en una investigación sobre el fomento de políticas de innovación social en Barcelona y Madrid. Algunos escritos relacionados con esa investigación se pueden leer en: http://leyseca.net/category/innovacion-social/
[6] Subirats, Joan (2013) ¿Del Estado de bienestar a la sociedad participativa? El País.

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